Entre vivos y muertos
No pretendía conversar con nadie pero Casilda Carrasco irrumpió en mi vida, con sus 82 años, a la primera hora de la tarde, mientras contemplaba un alto relieve del Señor de la Agonía en una lápida. Ella no sabe nada de noche brujas, ni de peñas criollas. Si está ahí, frente a la tumba de mármol negro, es para hablarme de sus dos grandes amores muertos: su esposo y su hijo Carlos Farro.
Cuando me vio solo tuvo unas ganas maternales de acercarse e indagar quién era y de dónde conocía al hijo que vela, desde hace dos años, tres días por semana en el cementerio Metropolitano de Piura. Nunca me vio y por eso pretendió reconocerme en mil sobrinos que a lo mejor no recuerda. La pobre sigue ahí sola, esperando ir al más allá al encuentro de su único hijo y su único esposo.
Asustado, escucho que ha soñado por primera vez con su amado Carlos. Casilda, con profundo fervor, dice que lo vio en la misma tumba sentándose primero, levitando después. Con un hábito franciscano, de la que ella es seguidora, cuenta que se elevó con un aura nívea, muy blanca. La miró con la bondad de sus 50 años vividos, diciéndole: He resucitado. Ella no entiende el miedo en mi mirada, pero al igual que el padre de su Iglesia cree que eso significa que ya goza de la gloria. Yo le digo que estar lejos de este mundo siempre es una gloria pese a donde sea.
La muerte es un misterio, como la vida. Honrar a los muertos es un rito en nuestro país, una memoria y tradición popular que, amenazada por la modernidad, se niega a morir. Un cementerio es un Aleph, un submundo lleno de seres que no hablan, pero que susurran en el silencio de los recuerdos. No sé si los muertos descansan, duermen. Sólo sé que no resucitan pese a las lágrimas de quienes los añoran. La muerte es esa mágica puerta que estamos destinados a abrirla.










noviembre 15, 2008 a 10:35 am
El lamento de Casilda por su único esposo y por su único hijo pretende ser la ganzúa que abra la puerta de la muerte…